Niños de semilleros creativos de Gómez Palacio, ejemplo nacional

Talleres de fotografía Huitzilli y el circo de la Compañía Cometas exhibieron sus trabajos ante 10 mil personas en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México.

El resultado en ambos casos ha sido contundente y lograron que sus grupos formen parte de los Semilleros Creativos. (Lilia Ovalle)

Cuando explican que sus trabajos se presentaron ante 10 mil personas en el Auditorio Nacional se les ilumina la mirada.

Las niños coinciden en que nunca habían viajado en avión ni visitado jamás la Ciudad de México. Y de romper la rutina que los llevaba de la escuela a la casa y de la casa a la calle, ahora piensan en perfeccionar el oficio que les enseñaron sus maestros.

Unos quieren desarrollar el arte del circo y los otros dominar la fotografía que comenzaron a realizar primero con cámaras y después como un acto de voluntad irrenunciable, en los botes que se adquieren cuando se compra avena.

Todo lector recordará a un buen maestro. Uno que hacía que la enseñanza no fuera un acto obligado sino sorprendente, algún otro apasionado que hacía la clase en suma divertida o uno más que colocaba el énfasis en la disciplina siendo rudo y técnico al mismo tiempo.

Pero en Gómez Palacio, dos talleres culturales se abrieron paso en barrios considerados problemáticos contando con la labor de excelentes docentes. Hombres y mujeres apasionados de sus oficios pero también del acto generoso de aprender enseñando.

El primero seguido por Milenio fue el de fotografía coordinado por el maestro Miguel Espino, y enseguida uno de circo que conducen los maestros Fonzi y Clau con su Compañía Cometas.

El resultado en ambos casos ha sido contundente y lograron que sus grupos formen parte de los Semilleros Creativos, proyectos avalados por la Secretaría de Cultura del gobierno federal que cerraron el ciclo con una presentación en el Auditorio Nacional.

De lo que lograron los maestros el mejor testigo y testimonio lo ofrecen los niños quienes cambiaron sus perspectivas y entendieron que algo que jamás imaginaron como posible está al alcance de sus manos si se aferran a un oficio digno.

La mirada de los fotógrafos

Brisa Fernanda tiene 16 años y ella llegó al taller de fotografía del maestro Espino tres años atrás cuando se realizaba en el centro comunitario de la colonia Chapala. Ahora se le denomina Club de Niñas, Niños y Adolescentes del DIF. Ella comenta que antes contaban con cámaras y comenzaron de cero con teoría y práctica.

Ella comenta que antes contaban con cámaras y comenzaron de cero con teoría y práctica.

“Luego se suspendió pero volvió el profe y ahora está más bonito que nunca porque nosotros creamos nuestras cámaras y es más sentimental la foto por su proceso, que es algo diferente. Nunca pensé que podría trabajar con un bote de cereal para hacer una fotografía porque es algo difícil de creer, que algo que es un producto, una caja que generalmente tiras a la basura, pueda hacer una fotografía”.

A ella se suma la voz de Carmen de la Luz de 15 años quien coincide en que antes tenían equipo. Al retomar el curso ya no tenían nada y el profe Miguel les dijo que harían sus cámaras con botes de avena.

“No las compramos. Nosotros con mucho sentimiento las decoramos desde cero. Al trabajar con los químicos para poder revelar, es una sensación muy misteriosa porque no sabemos qué va a pasar. La imagen la tienes ahí pero no sabes si va a salir bien o quemada. Es una incógnita”.

“La foto estenopeica no es precisa, dependiendo de cada cámara es el tiempo de exposición que se va a necesitar. Al adentrarnos en la fotografía vemos la belleza incluso en las rocas, en cualquier cosa. Incluso el atardecer que para cualquier persona es simple, ahora para nosotros es arte”.

Carmen sabe que el proceso es lento pero la aleja del clic que se hace en un teléfono celular. Con la fotografía ha aprendido a esperar. Al menos su cámara estenopeica de bote le exige 10 segundos en la exposición sin que se mueva su objetivo. Luego seguirá el proceso en el cuarto oscuro para el revelado y la impresión.

“Es más tardado. Nosotras sí somos fotógrafas y la belleza que veo en las fotos es que están a blanco y negro y es un misterio. La gente dice que es triste pero no es verdad, ves las fotos con atención y son flores o es un niño jugando, pero también la foto está en negativo: lo que era negro ahora es blanco y lo que es blanco ahora es negro y la luz que le da a la persona o al objeto se vuelve negra y su sombra es luego brillante, lo ves al revés pero siguen siendo iguales”.

Érika Jazmín tiene 16 años y apunta que trabajar con sus maestros Miguel y Esther Yee González “es una experiencia muy padre porque tienen una forma de explicar muy bonita que a nosotros se nos guarda todo en la cabeza. Nosotros ¿en qué parte íbamos a decir que llegaríamos a este nivel pues, que ya viajamos a la Ciudad de México?”.

Su compañero Alberto tiene su misma edad pero llegó con 13 años al taller de fotografía. Sobre la exposición en el Auditorio Nacional apunta que la experiencia es fundamental pues los llenó de orgullo porque la gente se detuvo para ver sus trabajos.

“Todo eso nos lo ganamos con nuestro trabajo. Usar los botes para cereal al principio no creíamos que era posible. Es muy batalloso porque la foto no te sale a la primera, entonces hay que ir modificando. Si se te quemó o te faltó luz hay que ir planificando hasta que te salga la foto, que es cuando sabes cuánto tiempo le vas a dar dependiendo de la luz y es muy divertido al momento de revelar porque no sabes lo que va a salir”.

Y Érika desarrolla aún más la idea, “Es muy laborioso porque el objeto o la persona no se tiene que mover porque salen barridos o si entra poquita luz la foto sale quemada, entonces es muy padre estar haciendo todo eso a oscuras y al salir que veas tu trabajo, pensar que estoy haciendo todo eso con solo un bote. Les enseño a mis compañeros mi cámara y no me creen, me dicen que cómo puedo tomar fotos con un bote, y les digo que es la magia y es un secreto”.

Ellos comenzaron en el taller de Chapala a hacer fotos con pequeñas cámaras digitales. Los botes de cereal aparecieron cuando al maestro Miguel ya no le permitieron usar el equipo.

“Al principio nos desanimamos porque no nos dieron las cámaras; sí nos desanimó porque con ellas y al principio tomamos muchas fotos de paisajes, de todo, y cuando nos dijo el profe que fue por las cámaras y no se las quisieron prestar sí nos desanimamos un poco. Digo, qué joven no quisiera ser fotógrafo y tomar fotos con ellas”, comentó Érika.

No obstante Alberto piensa que gracias a esa negativa se hicieron “sus cámaras de avena” y tuvieron la oportunidad de ir a la Ciudad de México. “Fue decepcionante no tener ayuda al principio pero por la otra fue un accidente muy afortunado, la verdad. Me siento muy afortunado, estamos aprendiendo cosas nuevas que nosotros no sabíamos y entonces ya podemos decir que somos unos expertos en esto. Somos una familia. Nuestros maestros confían en nosotros y nosotros en ellos”.

Son acróbatas felices

Actos aéreos, malabares y acrobacias. El semillero que hace circo está lleno de niños y los papás no se cansan de ver lo que ahora pueden hacer. En suma son 52 menores en dos grupos los que acuden a clases de dos horas diarias.

La cosecha de este grupo se tradujo en una función que se realizó la tarde del pasado 9 de diciembre en la Placita Mayagoitia.

La Compañía Cometas bajo la dirección de los maestros Clau y Fonzi son otro ejemplo de que el trabajo con amor da frutos. Sin contar con el apoyo de los gobiernos locales, hace un año y medio atrás se concentraron en dar clases de circo a niños de escasos recursos.

El esfuerzo tuvo su recompensa al ser invitados por la Secretaría de Cultura a presentarse como un semillero creativo en el Auditorio Nacional.

Clau, con una serenidad extraordinaria aún se dice aprendiz de payasa. Y junto a Fonzi se está dispuesta a formar un ejército de payasos por lo cual sus niños ahora hacen malabares, avanzan en zancos de metro y medio de altura y giran haciendo acrobacias en telas.

Así los menores abandonaron los videojuegos y celulares y se pusieron aprender en el circo de la Compañía Cometas cuando la pareja concurso una beca del Pacmyc y la obtuvo, con lo cual abrieron la clase en la plaza de la colonia Mayagoitia.

Samantha tiene 15 años y comentó que ella pasaba por la plaza y un día vio un cartel donde anunciaban clases de teatro y circo y fue al primer día. La

Compañía Cometas se había apropiado del espacio público, antes clausurado por una reja con candado. Luego invitó a sus amigas y su hermana también se integró. A ella le gustó porque pensaba, era algo que no podría hacer.

“Fue divertido porque a pesar de que nos encanta hacerlo, logramos lo que no pensábamos antes trabajando todos los días para fortalecerlo porque ya lo tenemos pero hay que hacer que se vea más bonito, que se vea mejor, que se vea limpiecito para que sepan que no nos equivocamos y que somos buenos”.

Sus maestros le enseñaron con disciplina a lograr lo que se propone haciendo acrobacia aérea, cambiando su rutina primero y luego tocando su vida. Cuando le dijeron que actuaría en el Auditorio Nacional, acostumbrada a no obtener lo que deseaba, pensó que algo pasaría e impediría ese logro. No obstante comprobó que es posible tener una meta alta y alcanzarla.

“Me enfoqué más en las cosas: llegaba de la escuela, me dormía una hora, comía y me iba a ensayar, y sí cambia porque te sientes con más responsabilidad, cambió toda mi vida porque ya casi no salgo, me gusta estar con ellos, es mi lugar favorito, estoy contenta y ya dejé de andar en la calle”.

Estéfani también fue fundadora del circo en la Mayagoitia y se siente orgullosa de ser parte del semillero creativo. A sus 14 años la sensación de poder viajar fue fantástica porque asegura que de ser parte de un grupo pequeño, formó parte de un proyecto cultural nacional.

“En mi casa me apoyan y me gusta porque mi mamá me apoya cuando necesito algo y están felices. Cuando estaba el espectáculo en el Auditorio Nacional mi mamá estaba muy emocionada, me dijo que estaba muy orgullosa de mí y que quería que siguiera con esto”.

De igual forma Paola dijo que al principio no le gustaba participar en el taller. Incluso la obligaban, pero llegó el tiempo en que su mamá ya no presionaba y ella continuó yendo.

“Lo veo muy bien porque sí se pueden lograr cosas. Muchos de mis amigos me decían ‘¿Y eso para qué te sirve?’ Yo les decía que para distraerme. Después de que vieron que nos presentamos en el Auditorio Nacional en la Ciudad de México muchos me empezaron a preguntar: ‘¿Oye, a dónde vas? Yo quiero ir’, y les decía: ‘No, ya no hay lugar’”, sentencia de forma traviesa para luego soltar la carcajada.

Aunque las rutinas de ejercicios son pesadas la sensación de cansancio es placentera. Las niños llegan a su cama y caen en sueño profundo, libres de preocupaciones duermen y crecen de manera natural.

Cuenta Giovanni, de 13 años, que como grupo tratan de llevarse lo mejor posible. Él llegó detrás de sus hermanos y lo que lo entusiasmó fue el teatro y luego el circo.

“Me enseñaron a hacer muchas cosas como por ejemplo lo de las rodadas, hay de todo un poco. Lo del Auditorio Nacional me pareció una experiencia grandiosa porque yo nunca había viajado en avión y me gustó mucho, otra cosa fue que nos atendieron muy bien allá. Tratamos de pasarla lo mejor posible y disfrutar y lo del Auditorio fue algo muy grande que nunca pensé que fuera a pasar”.

El mismo concluye: “Lo del Auditorio fue increíble, impresionante. Yo pensé que no te puedes estar moviendo porque te va a ver uno de acá y otro de allí; que vergüenza que te vayan a ver. Sí, mucha gente nos vio en la tele… yo lo que no quería es que vieran un movimiento de acá o allá o sacándonos un moco, pero sí quería que me vieran haciendo lo que me gusta”.

Cortesía: Lilia Ovalle Arias - Milenio Torreón

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Armando Grescas, es administrador del sitio y editor de las publicaciones. Es egresado de Sistemas, admirador del arte y devoto de la fotografía. Colabora en diversos sitios, entre ellos los sitios hermanos ƒLaguna.org, TRES11.com.